Ser libre… pero no demasiado: crónica de una humanidad un poco perdida
- Benjamin Aim

- 16 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Vivimos en una época extraordinaria: nunca los seres humanos han tenido tantas posibilidades, tantas opciones, tantas libertades proclamadas. Y, sin embargo, nunca se han sentido tan cansados, dubitativos y perdidos. Es la paradoja moderna por excelencia: se nos dice que todo es posible, pero nunca se nos ha enseñado realmente cómo elegir, ni qué hacer cuando las aspiraciones superan ampliamente las condiciones reales que permitirían realizarlas.

La libertad: manual de uso no incluido
Durante mucho tiempo, las trayectorias de vida estuvieron relativamente delimitadas.
Familia, trabajo, pareja, roles sociales: uno podía sentirse atrapado, sin duda, pero también contenido. Hoy, esos marcos se han aflojado —lo cual constituye un avance indiscutible— sin que nuevos referentes colectivos sólidos hayan ocupado verdaderamente su lugar.
El resultado es que hay que elegir una profesión (y a veces reinventarse cada diez años), definir la relación con la pareja, la sexualidad, la parentalidad, construir la identidad, el equilibrio, el sentido. Todo ello sin manual, sin red de seguridad y, a menudo, bajo condiciones económicas o sociales restrictivas.
La libertad está ahí, en teoría. Pero a veces se parece a un enorme buffet en el que no se tiene ni hambre, ni dinero, ni tiempo para comer.
Aspirar, sí… ¿pero en qué condiciones?
El malestar contemporáneo no proviene ni de un exceso de ambición ni de una falta de voluntad individual. Nace del desfase entre, por un lado, aspiraciones alentadas —«sé tú mismo», «realízate», «haz lo que te haga feliz»— y, por otro, condiciones concretas que dificultan su realización: precariedad, sobrecarga mental, normas contradictorias, exigencias de rendimiento.
Se pide a las personas que sean libres, responsables, autónomas… mientras se las deja arreglárselas solas dentro de sistemas complejos, a veces incoherentes, a menudo agotadores.
Y luego, cuando no funciona, se les explica amablemente que les falta confianza en sí mismas.
Clínica de la confusión ordinaria
En el acompañamiento clínico, esta realidad aparece sin estridencias, pero de manera persistente. Las personas no siempre dicen: «Sufro a causa de un sistema imperfecto». Dicen más bien: «No lo logro» o «Debería ser capaz». Otras, por el contrario, se desresponsabilizan por completo: «Yo hago todo bien, el problema son los demás». En Quebec lo dirían más simplemente: «Está todo hecho a lo loco». (N. del E.: es un caos, no tiene ningún sentido).
La duda, la vacilación y el sufrimiento se han convertido así en estados íntimos, cuando en realidad dependen en gran medida de exigencias externas y son ampliamente compartidos a nivel colectivo. Se interioriza la frustración, incluso el fracaso, allí donde a veces sería necesario contextualizar —no para desresponsabilizar, sino para devolver sentido.
En este vacío de referentes, ciertos movimientos sociales o políticos prometen un retorno a vidas más encuadradas, más estructuradas, más homogéneas, aparentemente más simples. Responden, a menudo con habilidad, a una necesidad profunda: la de aliviar el peso de tener que elegirlo todo en soledad.
No para desresponsabilizar, sino para acompañar el ejercicio de la libertad
Caería voluntariamente en una trampa sutil si pretendiera reparar el mundo yo solo. Frente a esta confusión generalizada, frente a estas frustraciones vividas de forma aislada, algunos profesionales —a menudo los más sensibles y comprometidos— corren el riesgo de asumir un rol discreto pero pesado: el de cargar con el sentido por defecto, allí donde ya no circula suficientemente.
Cuando el mundo no ofrece suficiente sentido, los profesionales (entre los cuales me incluyo) dotados de un enfoque amplio, reflexivo e integrador intentan proporcionarlo. Cuando faltan los marcos, los reconstruyen para los demás. Con benevolencia, inteligencia… y a veces a costa de su propio agotamiento.
Ahora bien, acompañar no es reparar. No es simplificar la vida. Es ayudar a pensar y a habitar la complejidad, sin negarla, reconociéndola plenamente.
Una libertad no acompañada
¿Y si el sufrimiento contemporáneo no proviniera de una incapacidad para ser libre, sino de una libertad no acompañada, ejercida dentro de sistemas que prometen mucho, sostienen poco y, en ocasiones, obstaculizan la realización de las aspiraciones mientras responsabilizan exclusivamente a los individuos?
A este panorama se suma la valorización del éxito material y financiero, supuestamente garante de felicidad, salud y poder. Esta lógica contribuye a que cada cual esté dispuesto a pisotear a lo que antaño se llamaba el prójimo, en un clima de competencia difusa y desconfianza cotidiana.
Tal vez sentirse perdido no sea un signo de debilidad, sino una reacción humana normal ante un mundo que exige elecciones constantes sin ofrecer suficientes referentes para realizarlas, en un contexto donde el “cada uno por su cuenta” se convierte en norma. Entonces cada cual busca refugio —a veces en el aislamiento, a veces en relaciones reducidas a la distracción o a la seguridad.
Tal vez el verdadero trabajo —clínico, social, colectivo— no consista en enseñar a las personas a estar mejor a pesar de todo, sino en reconocer por fin que todo esto es demasiado pesado para llevarlo en soledad. Reconocer que hace falta todo un pueblo, a la vez benevolente, estructurante y emancipador, para ayudar y amar a una sola persona.
Ser libre, sí. Pero ser libre sin quedar abandonado a la complejidad y a la frustración —eso ya sería un progreso.




Comentarios